Japón es un país singular y desconocido no solo para los occidentales sino también para el continente asiático. Japón ostenta asimismo, en nuestros días, el liderazgo cultural en Asia, además del tecnológico, y disputa a China ser la segunda economía del mundo.. Sin embargo, la escasez de recursos energéticos naturales precipitó su política expansionista y, de hecho, el ataque por sorpresa a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, estuvo en buena medida motivado por el boicot de Estados Unidos a los suministros de petróleo del país nipón.
La Segunda Guerra Mundial devastó el país, destruyó sus pujantes industrias, hizo trizas el orgullo nacional y causó dos millones de muertos, entre militares y población civil. Pero, unos pocos años después, Japón comenzó a liderar, de modo inesperado, el crecimiento económico mundial. Una de las grandes paradojas del siglo XX es, precisamente, la rapidísima recuperación y reconstrucción de Japón y Alemania; las dos potencias derrotadas, demolidas y ocupadas, que obraron un envidiable 'milagro económico' en la posguerra.
Jóvenes oficiales japoneses sobrevivientes, que feroz y disciplinadamente habían combatido en múltiples islas del océano Pacífico, en los campos de arroz de China o en la inhóspita selva de Birmania, llegados los años cincuenta del siglo XX, constituyeron los cuadros directivos de algunas de las multinacionales más notorias, rentables e innovadoras. Aquellos fanáticos servidores del Imperio del Sol Naciente, a quienes también se les acusó de cometer brutalidades contra los pueblos invadidos y de no respetar los derechos de los prisioneros recogidos en el Tratado de Ginebra, se habían convertido -casi de la noche a la mañana- en respetados dirigentes empresariales, vestidos al modo occidental y entregados, asimismo, en cuerpo y alma a sus incipientes y exitosas multinacionales. Y si, en la primera mitad de los años 40, las tropas japonesas nunca consiguieron desembarcar en las costas de Estados Unidos, sus mejores multinacionales sí lo lograron -sin grandes dificultades- en sus mercados, a partir de las décadas de los 50 y 60, desplazando a buen número de empresas norteamericanas.
Japón perdió, en efecto, la Segunda Guerra Mundial; pero, una tras otra, no dejó de acumular victorias en las sucesivas batallas comerciales que libró frente a Estados Unidos y Europa Occidental a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, en los segmentos del mercado de bienes de consumo, como los aparatos electrónicos y la automoción. Los exóticos nombres de sus corporaciones y empresas nos son familiares y forman parte de nuestro vocabulario, desde decenios atrás: Toyota, Mitsubishi, Sony… En 1952, una vez que Japón había recobrado su plena soberanía, despuntó con un crecimiento económico muy por encima al de la mayoría de los países occidentales. Y aun considerando las condiciones macroeconómicas que lo favorecieron, el espectacular desarrollo y el aumento de la productividad del Japón de postguerra han de atribuirse fundamentalmente a su cultura del trabajo y a su decidida apuesta por la innovación tecnológica.
El grado de implicación de los trabajadores japoneses; su sentido del deber; su perfeccionismo; su creatividad; su capacidad para el trabajo en equipo; su desempeño profesional concienzudo, tenaz y paciente; su entrega incondicional y su 'espíritu de empresa' continúan ofreciendo ejemplos a seguir.
En agosto de 1945, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki segaron la vida de alrededor de 200.000 personas, muchas de ellas en menos de un segundo. Es imposible que la conciencia colectiva de una nación haya dado por superado este episodio, cuando aún no han transcurrido 70 años. De forma análoga, Japón se empeñó en desarrollar diseños arquitectónicos únicos, en infraestructuras e inmuebles, que soportaran los temblores sísmicos a los que ya estaba acostumbrado. Pero el dominio de la Humanidad sobre la Naturaleza siempre será imperfecto y tampoco el riesgo nuclear es controlable del todo, como estos días volvemos a recordar inevitablemente. Ahora bien, hemos de quedar convencidos de que, después de la destrucción, la cultura japonesa volverá a protagonizar más milagros. Y la extraordinaria serenidad que los japoneses están demostrando en estos momentos es el primer indicio de ello.
fuente: www.elcorreo.com
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